Mar 19

La Estrella

Tag: LetrasIgnacio Escolar @ 7:52 pm

Arthur C. Clarke
(Descanse en paz)

Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.

Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo.

No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra. Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados.

La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta última ironía. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de este arma definitiva usándola contra mí; guerra privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la Tierra. Era divertido tener a un jesuita de Primer Astrofísico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. Se me acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos molestado en corregir.

-Bueno, padre -acababa diciendo al final-. Esto prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo, ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es lo que no puedo entender. -Comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrían del otro lado del plástico de la escotilla de observación.

En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras, divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artículos en el Diario Astrofísico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden había conseguido no poca fama por sus trabajos científicos. Podíamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho aportes a la astronomía y la geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.

¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix?
Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.

No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si contiene una profecía, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la palabra «nebulosa» es equívoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que esas magníficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la Vía Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.

O lo que queda de esa estrella…

Mientras se alza por encima de las líneas del espectrofotómetro, la rubensiana pesadez de Loyola parece burlarse de mí. ¿Qué habrías hecho tú, Padre, con este conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño mundo que era todo el universo que tú conociste? ¿Habría triunfado tu fe en la prueba, como la mía ha fallado ante ella?

Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las mismísimas fronteras del universo explorado. Nos propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros.

Las palabras son transparentes en tu libro de reglas. AD MAIOREM DEI GLORIAM, dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?

Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o días su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.

Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.

Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante, apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron una en 1054 sin saber que fenómeno fue. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del día. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.

Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habían precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habían estallado tres mil años antes y que se encontraban todavía en expansión. El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores irrumpieron hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo de su campo de gravitación. Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.

Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecían la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que había detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavía metralla.

La inmensa escala de la explosión y el hecho que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo dominaba todo.

Habíamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos encaminábamos despacio hacia la pequeña estrella que teníamos al frente. Había sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había despilfarrado en pocas horas la energía que habría mantenido su brillo durante un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.

Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno hubo antes de la explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su sustancia se habría confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y dimos con un mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una distancia inmensa. Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había salvado del destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.

Los fuegos de la explosión habían afectado su capa rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus días lo habría cubierto. Aterrizamos y encontramos la bóveda.

Sus constructores hicieron seguramente lo mismo que habríamos hecho nosotros. La señal monolítica que se erguía sobre la entrada era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografías desde lejos supimos que aquello había sido obra de la inteligencia. Poco después detectamos la capa de radiactividad que había quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habría permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la diana.

El pilón debió alcanzar una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón parecía un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no teníamos las herramientas apropiadas para el caso. Nuestro programa original fue dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol destruido, sólo podía tener un sentido. Una civilización que supo cercana su muerte había alzado su último adiós a la inmortalidad.

Habríamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos tuvieron mucho tiempo para prepararla, ya que el sol debió dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo que quisieron preservar, todos los frutos de su genio, lo llevaron hasta aquel mundo distante en los días que precedieron al fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.

¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.

Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Dejaron miles de registros visuales y máquinas para proyectarlos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba difícil deducir su lenguaje escrito. Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera, en seis mil años, la calidez y hermosura de una civilización que tuvo que ser superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso habían dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habían sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. Las contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavía una viva escena: un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.

Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido, amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habría de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente.

Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habríamos conmovido tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan profundamente.

La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habían hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes… ¿cómo podía conciliarse ello con la misericordia de Dios?

Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que supe. Acaso tú lo habrías hecho mejor, Padre Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habían sido malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. Pero los he visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que estaba amenazado.

Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán que el universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.

No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia peligrosamente próxima a la blasfemia el decir lo que puede y no puede hacer.

A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podría haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.

Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se había producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el oriente.

Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin embargo… Señor, había tantas estrellas que pudiste haber usado…
¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a la destrucción y que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén?

259 comentarios en “La Estrella”

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  1. #101 San Chopanza dice:

    Descanse en paz, maestro.

    Y por favor no hableis de política en los comentarios de este post. Cuando el sabio apunta a la Luna, o a las Estrellas, el tonto mira el dedo.

  2. #102 Anonymouse dice:

    Es que este es un blog que tira más a la necia política que a la elevada literatura. Nos puede nuestra naturaleza.

    Tiene su aquel que la política haya quedado como cosa sucia y poco recomendable y elevada. Para que luego digan los que hablaban por aquí de Platón.

  3. #103 CyberBeata dice:
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  4. #104 Anonymouse dice:

    De todas formas es normal que la política esté desprestigiada, si la hemos dejado en manos de políticos en lugar de filósofos.

  5. #105 CyberBeata dice:
    | Ver comentario »
  6. #106 Carlos Arrikitown dice:

    Pues una vez jugando al Trivial salió un pregunta tipo : residencia actual de científico y famoso escritor de ciencia ficción y una saltó: Coño nuestro vecino en Sri lanka! Arthur cómo era?
    Experiencias raras los años jovenes…

  7. #107 JJ dice:

    Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco. Bendita juventud.

    Y recuerdo con especial nitidez “Viento del Sol”.

    Nos encontraremos por esas líneas, Sir Arthur.

  8. #108 Orlando dice:

    Qué alegría lo de Gotzone.

  9. #109 Zarrapanizogaínza dice:

    #108
    Sí, ya era hora.

  10. #110 CyberBeata dice:

    ¿Ha visto alguien en la Primera lo del cristo ese que sacan los legías en Málaga?
    Ha sido vergonzoso el discursito que ha ilustrado el acto. Digno del nacional-catolicismo más rancio, espeso, casposo y vergonzante.
    No nos merecemos eso en la T.V. pública.
    Hasta de los valores cristianos de la civilización de occidente ha hablado el notas, a pesar de que el Parlamento Europeo ha dicho que nastis.

  11. #111 Alex dice:

    Hola, no se si lo has detectado, pero en RSS a través de Reader he recibido una inyección de código en el artículo (cientos de links, al principio de la cabecera).

    Avisado quedas (no se si será mio el problema, pero por si acaso…)

    Saludos!

  12. #112 San Chopanza dice:

    #103

    Usted se retrata solo.

  13. #113 CyberBeata dice:

    Y usted en compañia… del ganado de su género.

  14. #114 otro dice:
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  15. #115 JPatache dice:

    ¿quesquese “mamporrero”?

  16. #116 Lito dice:

    ¡¡Nacho!!

    Te han colado spam en el articulo. Mira el codigo fuente despues de las dos primeras palabras del primer parrafo del articulo, entre “hay tres” y “mil años…”, porque deben haber como doscientos enlaces a paginas fraudulentas. No se si habra sido problema de copypaste, que tienes un virus o que algun cachondo se ha colao en tu CMS.

    Saludos.

  17. #117 MioCid dice:

    Tiene cojones que después de este relato todavía haya algunos que hablen de política. Señores, más literatura y menos política, por favor.

    El hecho de publicar esto hace que este blog suba muchísimos enteros.

    Descanse en paz, maestro. Nos encontraremos entre las estrellas.

  18. #118 JPatache dice:

    #117
    Un alma gemela
    ¿que obra del maestro le gusta más?

  19. #119 MioCid dice:

    Todas. Me encanta esa dulce melancolía que encuentro en toda su obra. No es tan impersonal como Isaac Asimov, sus personajes tienen alma, por así decir.

    Cita con Rama, Fuentes del Paraíso, Cánticos de la Lejana Tierra y 2001 son para mí sus mejores obras.

  20. #120 Anonymouse dice:

    Es inquietante esa idea según la cual la política es algo sucio, feo, malo, vulgar, inapropiado… De lo más inquietante, oiga. Recuerda al “No se meta usted en política” del tío Paco.

  21. #121 MioCid dice:

    #120

    Evidentemente es algo inapropiado en según qué ocasiones. Por lo que dice, le creo capaz a usted de hablarle de política a su novia en pleno ayuntamiento.

    Tiene usted infinidad de posts en este mismo blog para hablar de política. A mí personalmente me gustaría que no enmarranara este. Aquí se habla de Arthur C. Clarke, para hablar de Gotzone Mora o de si la abuela fuma, seguro que hay otros posts.

  22. #122 Anonymouse dice:

    El ayuntamiento me parece un lugar de lo más apropiado para hablar de política.

    La carrera espacial, sin ir más lejos, tiene mucho de política. Sin política el hombre no habría llegado a la luna.

    Pues eso, que al hablar de política se le llame “enmarranar” me parece de lo más inquietante.

  23. #123 JPatache dice:

    #119
    Cita con Rama me encanta.

  24. #124 JPatache dice:

    #119
    Tiene algo de política y algo más de religión.

  25. #125 JPatache dice:

    “El ayuntamiento me parece un lugar de lo más apropiado para hablar de política”
    ;-)

  26. #126 JPatache dice:

    #119
    Animo mi señor MioCid, usted a bebido en las fuentes (del paraíso). Rebatame.

  27. #127 JPatache dice:

    #126
    *ha bebido

  28. #128 MioCid dice:

    #126

    ¿Para qué rebatirlo? estoy bastante de acuerdo con lo que dice :)

  29. #129 JPatache dice:

    #128
    ¿le gusto “el martillo de dios”?

  30. #130 MioCid dice:

    huy sí, ese también lo he leído. En efecto, se trata también de una gran obra. En general, quitando los últimos años (las continuaciones de algunas de sus obras son lamentables) no tiene desperdicio.

    Léase también “Alcanza el mañana” y “Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco”

  31. #131 AnteTodoMuchaCalma dice:

    # 122 Anony, es sólo cosa de respiros. Y de proporciones. Ojo con el politiqueo: si uno no puede dejarlo, es una adicción (o un TOC).

  32. #132 JPatache dice:

    #130
    Ahora estoy con el mundodisco.

  33. #133 andaqueno dice:

    132- Mundo anillo, quieres decir? Ese no es de Clark…
    Respecto a la discusión, coñe, juraría que este cuento de la estrella tiene mucho de crítica a la religión. En todo caso aquí en escolar todo dios habla de lo que le sale de los cojones en el último hilo, y se habla mucho de política.
    Y no veo porqué hacerlo en este hilo es ensuciarlo, pero sacar offtopics sobre, yo que se, Clark en el hilo anterior nadie lo considera suciedad.
    Vaya, que estoy con anony, me parece mala praxis esa de demonizar la política.

  34. #134 Margarita dice:

    MundoDisco? Terry Pratchett? Aleluya! Me encanta toda su obra :D Ahora pispo estoy con EL Segador.

    (Y descanse en paz Arthur C Clarke)

  35. #135 piezas dice:

    #111 Alex

    ¿Eres Alex de buayacorp?

  36. #136 JPatache dice:

    #133
    Mundo anillo es de Niven. Dos buenas novelas. Para mi gusto.

  37. #137 Israel dice:

    Pues para literatura y política, si se me permite, la Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin.

    El primer libro, Juego de tronos es sublime. Ya me esperan tres mas, tochos de entre 800 y mil páginas

  38. #138 Zeppo dice:

    “Admiro a Clarke, pero mirar el espacio es encontrar diseño, y encontrar diseño obliga a deducir que Dios existe.”

    También yo soy partidario de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. El problema vino de los moldes: la cantidad de tontos (en algunos casos, útiles) que le salieron, dice muy poco en favor del cuidado que debió poner en su fabricación. Es más, la falta de previsión de “estocaje” es la responsable de una gran acumulación de tantos ejemplares en estos tiempos que corren. Alguno de los gerentes de producción del altísimo debe estar a estas horas en la cola del paro. Ahora, si ha habido un gran beneficiado ha sido el PP. ¡¡No hay mal que por bien no venga!!

  39. #139 JPatache dice:

    #138
    Yo opino que el hombre hizo a dios a su imagen y semejanza. Podemos preguntar a Occam

  40. #140 Israel dice:

    Por cierto, si alguien tuviera alguna referencia sobre Leyes de mercado la agradecería.

    Saludos

  41. #141 Carlos Arrikitown dice:

    #140
    Que hay que levantarse a las 03:00 para comprar el mejor producto? ;)

  42. #142 Churrumio Fuyú, Vizconde del Gatopardo, Barón Rampante, Señor de Horca y Cuchillo, Machote con Sotana dice:

    #136

    ¿Larry “SDI” Niven Y Jerry “Comepústulas” Pournelle no amenazaron a Clarke en una reunión en la casa de Heinlein?

  43. #143 Israel dice:

    Perdonad, se me ha jodido el enlace. Me refiero a este libro: http://www.gigamesh.com/coleccion.html?/libro038leyesdemercado.html, no al concepto en sí

  44. #144 Israel dice:

    Joder, pues entre Niven y Purnelle, que nos comenzaron regular con “la paja en el ojo de dios” para pasar directamente a defecar “el tercer brazo” y Clarke ( o Heinlein, cuyas ideas son mas que discutibles, pero como las escribía el jodío) sé con quien me quedo, sin dudarlo.

  45. #145 Carlos Arrikitown dice:
  46. #146 JPatache dice:

    #142
    Del 103,25 % de los escritores es mejor no conocer referencias personales.

  47. #147 Churrumio Fuyú, Vizconde del Gatopardo, Barón Rampante, Señor de Horca y Cuchillo, Machote con Sotana dice:

    #146

    Y de Pournelle, mejor no conocer su foto.

  48. #148 JPatache dice:
  49. #149 Churrumio Fuyú, Vizconde del Gatopardo, Barón Rampante, Señor de Horca y Cuchillo, Machote con Sotana dice:

    #148

    Cuando uno ha llevado la vida de vicio y degeneración de Niven & Pournelle, lo raro sería que no tuvieran esa cara.

  50. #150 francisco dice:

    “Admiro a Clarke, pero mirar el espacio es encontrar diseño, y encontrar diseño obliga a deducir que Dios existe.”

    Yo, a veces, mirando las nubes, veo una vaca.

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