Mar 12 2008
Tres opiniones sobre la crisis de Izquierda Unida
Carlos Taibo: Resulta difícil sustraerse a la conclusión de que la gestión de Llamazares y de su equipo no ha estado a la altura de lo que se esperaba. Al respecto lo común es que se formulen dos acusaciones precisas: si la primera señala los efectos perniciosos de la proximidad que IU ha mostrado para con el Partido Socialista a lo largo de la legislatura recién cerrada –para qué votar a la copia si uno puede votar al original, habrán pensado muchos electores–, la segunda subraya la eventual vacuidad de una propuesta, la roja, verde y violeta, que habría descafeinado las señas de identidad de la coalición y habría propiciado una suerte de oposición blanda al gobierno de Rodríguez Zapatero. No faltará quien se sienta tentado de agregar que los devaneos de IU con determinadas formaciones nacionalistas de la periferia bien pueden haber dañado las expectativas electorales. Más en Dominio Público
Pascual Serrano: Es verdad que en el periodo de Julio Anguita IU llegó a tener más de veinte diputados, pero, además de por el mérito indiscutible de aquel coordinador, fue por una determinada coyuntura política caracterizada por un PSOE desautorizado desde el punto de vista ideológico por aplicar políticas de derecha (privatizaciones, políticas laborales respondidas en huelgas generales), un corrupción trepidante sin precedentes en nuestra democracia, su guerra sucia contra ETA y una derecha que se presentaba como centrada a la que nadie tenía miedo. En realidad, como ya escribieron algunos analistas entonces, aquel voto de IU era prestado, procedente de socialistas indignados por la corrupción que, una vez saneada la imagen de su partido vuelven a votarle años más tarde. Es muy difícil que se vuelva a dar ese panorama, o dicho de otra manera, se necesita llegar a la corrupción de los gobiernos de Felipe González y a una imagen centrada del PP para que IU pueda aspirar a esa representación. Más en Rebelión
Ricardo J. Royo-Villanova: Lo de IU no se resuelve en una asamblea apresurada y sin tiempo para el debate real, en la que las diferentes direcciones hacen sus encajes al margen de la militancia -a la que reservan el papel de brazo de madera- y de espaldas a la sociedad, y ya está. Si se pretende dar cerrojazo en junio, la próxima vez serán trescientos mil votos repartidos por toda España y ningún diputado. Luego nadie y luego nada. O sea, como el CDS. Y lo tendremos merecido, por gilipollas. Más en A Sueldo de Moscú (y 2).



