Antes de que me apedreen, me pondré el casco: soy lector diario de Menéame y uno de los primeros usuarios registrados. Como periodista, creo que es un buen termómetro para medir el interés que producen las noticias entre cierto tipo de público, entre los internautas que más navegan. Y también es una buena escuela para aprender a titular, para aprender a captar la atención del lector. Consulto esa web a diario y siempre la recomiendo a todos los periodistas con los que trabajo. Pero hay veces que la comunidad meneadora, con las prisas o el desconocimiento, falla más que una escopeta de feria. O, lo que es lo mismo, casi tanto como un periodista de toda la vida.
El consejo lo da, entre risas, un vicepresidente autonómico: “En España, para llegar lejos en política lo importante es cuidar al elector; al que te elige para que vayas en la lista”. Estados Unidos es un país con un sistema electoral bastante atrasado en muchos aspectos, como que sea necesario apuntarse a un registro para poder votar. Pero allí los congresistas no se mueven en el Parlamento como bloques monolíticos. A diferencia de lo que pasa en España, en Estados Unidos no basta con conocer la opinión de cada grupo parlamentario para calcular cómo quedará una votación.
Los congresistas que ayer dijeron no al plan para nacionalizar las pérdidas de la banca lo hicieron, en gran medida, con el ojo puesto en el elector, que no es ni Obama ni McCain ni mucho menos George W. Bush. En noviembre, ellos también se enfrentarán a las urnas, a la renovación de la cámara, y pagar con el dinero de los impuestos los excesos de Wall Street es tan impopular entre votantes republicanos como entre los demócratas.
“¡Saltad, bastardos!”, decía en una pancarta un manifestante frente a la bolsa de Nueva York, hace unos días. A diferencia de los especuladores que se suicidaban desde lo alto de los rascacielos en 1929, los actuales trileros de Wall Street tienen paracaídas dorados. De momento, el único suicidio es político: el de George Bush, el pato más cojo de la historia de los Estados Unidos de América.
El Congreso estadounidense rechaza el plan de Bush para salvar Wall Street. En los congresistas, que han votado en contra de lo que pedían tanto Obama como McCain como los respectivos líderes de republicanos y demócratas en la cámara, ha pesado el rechazo popular a esta medida. En noviembre ellos también pasan por las urnas y allí, en EEUU, los parlamentarios están mucho más pendientes de lo que piensan los votantes de su demarcación electoral, pues allí se vota a las personas y no a los partidos en listas cerradas.
George Bush, mientras tanto ha convocado de emergencia a su gabinete para buscar una salida de urgencia mientras las bolsas se despeñan aún más. La crisis es la última medalla en la pechera del presidente estadounidense más nefasto de la historia.
Los periódicos, como las personas, somos rehenes de nuestro pasado. En nuestro caso, al pasado se le llama hemeroteca. Cuando se revisa lo ya publicado, cuando se hace un repaso de las viejas portadas, queda a veces la sensación de que los diarios siempre nos fijamos en el árbol y no en el bosque. Noticias que un día merecen abrir a toda plana, dos meses después apenas se recuerdan.
En este año de Público hemos intentado –no sé si con éxito, eso lo juzgáis vosotros– hablar de bosques y no sólo de árboles. Contar la realidad de cada día, reflejar la actualidad, sin tampoco dejarnos arrastrar por el último teletipo. Fijar nuestra atención en lo realmente importante en lugar de hablar sólo de lo urgente.
Hace un año, en nuestro primer número, presentamos esos temas que en Público consideramos importantes y nos comprometimos a no abandonarlos, a profundizar en ellos con independencia de la agenda que intentan marcar los políticos. Hoy, un año después, nuestras banderas siguen siendo las mismas. Algunas están de actualidad, como la reforma del aborto, la memoria histórica o el derecho a morir sin dolor. Otras hoy molestan, como la solidaridad con los inmigrantes o la laicidad del Estado. Y hay varias que el poder económico, que busca imponer sus recortes de siempre con la crisis como excusa, quiere ahora devorar: trabajo digno, Estado del bienestar o derecho a una vivienda digna.
Nuestras prioridades siguen igual, poco ha cambiado en un año. Defendemos las libertades que tanto ha costado conseguir, pero no nos conformamos sólo con ellas; no son suficientes, queremos ampliarlas. Creemos en un mundo más justo donde nada esté por encima del respeto a la dignidad de las personas. Y pensamos que la información libre y veraz es la clave para ello, que no se pueden vender periódicos a cualquier precio porque el precio que paga la sociedad es muy alto cuando las noticias se fabrican con mentiras, medias verdades o silencios interesados. Que tampoco se puede vender publicidad a cualquier precio cuando el dinero que paga esa publicidad sale directamente de la trata de blancas y fomenta la esclavitud en pleno siglo XXI. Que es mejor tener una sección de ciencias que una página de horóscopo. Que ni todos los políticos son iguales ni todos los periódicos son iguales.
Ha pasado todo un año pero sólo ha pasado un año. Y hacer un diario cada día significa también equivocarse a diario; un periódico, por definición, es siempre imperfecto. En este primer año de Público hemos cometido muchos errores, muchos más de los que nos gustaría. Nuestras cifras de ventas demuestran que en algo fundamental no hemos errado: había público para un diario así, y por eso vosotros estáis ahí, leyendo este periódico.
Un diario, más allá de toneladas de papel manchado de tinta, es una relación de confianza entre las personas que aquí trabajamos y vosotros, los que nos leéis. La confianza se gana poco a poco pero se pierde con facilidad. En este segundo año esperamos seguir contando con la vuestra. No vamos a estar quietos, nos moveremos. Queremos cambiar para mejorar, pero no vamos a traicionar nuestras banderas, nuestros principios, los vuestros. Porque, sin ti, Público no es nada.
Cada vez disimulan menos. La Esfera de los Libros, tentáculo editorial de Pedro J. Ramírez, acaba de publicar, previo zurcido y blanqueo a cargo de un componedor de virgos democráticos llamado Jorge Fernández-Coppel, las memorias de Gonzalo Queipo de Llano, uno de los militares más sanguinarios –y mira que era difícil la competición– de los que se levantaron contra la República. Sin pudor, la nota de prensa que anuncia el alumbramiento del volumen glosa al siniestro Carnicero de Sevilla como “un personaje silenciado y censurado durante largos años, que solo, y con pocas probabilidades de éxito, sublevó y ganó la importante plaza de Sevilla el 18 de julio de 1936. Un militar que a través de sus famosos mensajes de radio y su dirección de los ejércitos de Andalucía consiguió algunas de las grandes victorias que condujeron al triunfo sobre los ejércitos republicanos”.
Por si no tienen el disgusto de conocer cómo las gastaba el predecesor de Jiménez Losantos en el incendio de micrófonos, les transcribo una de sus bravatas radiofónicas de julio de 1936: “Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen. ¿No han estado jugando al amor libre? Ahora, por lo menos, sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”.
La gran mentira neoliberal ha sido disfrazar sus opiniones de leyes físicas inmutables, tan indiscutibles como el principio de Arquímedes. Han vestido de ciencia lo que sólo era fe. Ahora, cuando se derrumban las catedrales de Wall Street levantadas sobre ese dogma que reza que el mercado se autorregula solo (amén), no queda otra que dudar del resto del catecismo.
Hace unas horas, el comunista de empresa Díaz Ferrán, presidente de la patronal, ha pedido un nuevo paréntesis, esta vez en los derechos laborales. Es otro dogma hasta ahora incuestionado: la única manera de solucionar una crisis económica pasa por abaratar aún más el despido y bajar los sueldos. Medicina homeopática y brutal: nada como más parados para luchar contra el paro. Nada como sueldos más bajos para reactivar el consumo.
Lo que nunca explican los sacerdotes del mercado libre (sin ira) es hasta dónde funciona esta ley de la termodinámica. ¿No iría mejor la economía si los despedidos, en lugar de cobrar una indemnización, pagasen a las empresas por irse a su casa? Mejor no dar ideas.