Cuando el ego es tan grande que no cabe en el yo, se refugia en el plural mayestático para parecer más alto. Viene de la retórica romana, del latín: pluralis maiestatis, plural de majestad. Lo usaron los reyes y los papas, la sangre azul y el purpurado de Roma. Consiste en cambiar la primera persona del singular por la del plural, nosotros en lugar de yo, y así hacer multitud donde sólo hay una persona más, otro mortal. La lengua es arquetipo de la cosa y en la letra del plural mayestático se suele esconder la soledad. Cuando un líder se sabe respaldado, no necesita de estas trampas. Ahora que los reyes se llenan de orgullo y satisfacción ellos solitos, el plural mayestático sólo lo usan los fanfarrones; los que presumen de lo que carecen.
“Lo que le debemos a Bush”, tituló el viernes un artículo José María Aznar en el diario francés Le Figaro. Debemos, primera persona del plural. ¿Nosotros? Como no me reconozco en la deuda, miro al Aznar mayestático. Sus compromisos pendientes con el peor presidente de Estados Unidos que vieron los tiempos son muchos. Le debe, entre otras cosas, una plaza en la Universidad de Georgetown, los pies encima de la mesa del rancho Crawford, la inspiración para unas frases dignas de esculpir en piedra (“siempre tendrás un bigote a tu lado”) y un puesto en el consejo de administración de la mayor compañía de medios del mundo, News Corp. Las deudas son suyas, pero las letras las pagamos nosotros. La medalla del Congreso costó su buena factura: dos millones de euros en lobby para un honor que ni siquiera llegó a recibir. El equipo de baloncesto de Georgetown cuenta ahora con un patrocinador atípico: el Ayuntamiento de Madrid donde trabaja doña Ana Botella a las órdenes de Ruiz-Gallardón, you know now. Y sus pies encima de la mesa –la otra foto, junto con la de las Azores, que mejor define al ex presidente del Gobierno– nos costó una guerra donde ya han muerto más de cien mil civiles.
Pero Aznar, el último que aún reivindica la pisoteada figura de George W. Bush, cree que las deudas del mundo con el pato cojo superlativo son otras. “Nos ha transmitido su mejor herencia: la herencia de la libertad”, dice su último fan. “La historia le hará justicia”, declama Aznar ante su espejo; como si al absolver la memoria de Bush pudiese salvar también su alma.
Claro que hay cuentas pendientes entre George W. Bush y el mundo, pero el sentido de la deuda es el contrario al que señala Aznar. La herencia que deja el presidente estadounidense que legalizó y justificó la tortura como método válido para los interrogatorios no es la libertad. Lo que nos lega Bush es el deterioro universal de los derechos humanos, el desprecio interesado ante el cambio climático, un Oriente Medio en guerra eterna y la mayor crisis económica desde la Gran Depresión.
Ayer, en Washington, se celebró un funeral peculiar. El muerto no sólo presidía la ceremonia sino que hacía de anfitrión, incluso hablaba. Con Bush de cuerpo presente, el G20 enterró su nefasto legado. Es cierto lo que dice Pedro Solbes, uno no desayuna por la mañana y por la tarde refunda el capitalismo, pero los pasos que ayer se dieron tampoco han sido pequeños; no ha sido una reunión inane.
La declaración oficial que ayer difundió el G20 ocupa siete folios y sólo dedica dos párrafos a explicar las causas de la crisis. Pero tampoco necesita mucho más para criticar los excesos de una era, la del neoliberalismo donde el estado estorbaba, la del mercado ácrata que se autorregulaba. Habla el G-20: “La combinación de normas reguladoras laxas, prácticas de gestión de riesgos poco sólidas y la utilización de productos financieros cada vez más complejos y opacos hicieron vulnerable el sistema financiero internacional”. ¿Los responsables? Para los líderes reunidos en Washington están claros: “Los organismos reguladores y sus supervisores en muchos países avanzados no han sido capaces de detectar ni evitar los riesgos creados en los mercados financieros”. George W. Bush, supervisor, como presidente, de uno de esos eufemísticos “países avanzados” (tampoco hace falta señalar), firma el documento, como el reo que acepta su condena.
El G-20 también cuestiona otra de las señas de identidad de la política económica de Bush, su libre comercio asimétrico: mientras pedía a los países emergentes que abriesen sus fronteras al mercado, EEUU mantenía sus defensas más altas que nunca. En el documento, los países del G-20 se comprometen a no levantar nuevas barreras proteccionistas para el comercio de mercancías y capitales. Aunque no habla de las muchas que ya existen.
Pero lo más interesante está aún por venir. Concretamente, el 30 de abril de 2009, la fecha para la nueva cumbre del G-20. Ayer fue el último acto de Bush. Lo mejor que nos deja no es mérito suyo: se llama Obama.