nov 27 2009
La presión
La presión catalana sobre el Tribunal Constitucional es “insoportable”, dicen los mismos que promovieron la recusación de uno de sus magistrados. Puño de acero, mandíbula de cristal. Es así desde mucho antes de Machado: el más truhán siempre se lleva la mano al corazón. Por eso estomaga tanto escuchar las quejas del vicepresidente del Poder Judicial, Fernando de la Rosa, por la “presión” de ese papel, de ese editorial conjunto con el que la prensa catalana, en inusual consenso, ha dado reflejo del sentir general de una sociedad que, más que presionada, se siente pisoteada.
¿Qué es la presión? ¿Y tú me lo preguntas? Fernando de la Rosa, hoy transmutado en imparcial magistrado de los que loan la separación de poderes, era hasta hace nada el consejero de Justicia y Administraciones Públicas del gobierno de Francisco Camps. Es el mismo ciudadano que, ya como vicepresidente del CGPJ, se reunió con milano bonito en cuanto fue imputado para ayudarle a preparar su defensa (como se vio después, con mucho éxito); el mismo que públicamente insinuó que Baltasar Garzón estaba prevaricando por intentar procesar a una persona “absolutamente honorable”: su antiguo jefe, y responsable también de su ascenso.
También se queja de la presión María Dolores de Cospedal. Presión por un editorial de dos folios, cuando algunos diarios de Madrid llevan escritas las Páginas Amarillas exigiendo al TC que mande e Estatut a la papelera y los tanques a Barcelona si hace falta. Presión, dice De Cospedal: secretaria general de un partido cuya primera reacción ante cualquier escándalo de corrupción que les afecte consiste en culpar al juez, a la Fiscalía, a la Policía, a Sitel o al empedrado. La presión, en sus bocas, siempre es intransitiva e intransigente. Anteayer, en la tertulia nocturna de Intereconomía, había quien incluso pedía secuestrar las ediciones de los 12 diarios catalanes. En defensa del Estado de derecho, por supuesto.


