Al canon digital le crecen las sentencias. Primero fue un juzgado de Alcalá, después la Audiencia de Barcelona, más tarde el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y ahora se suma al corro la Audiencia Nacional. El canon, según la UE, es un abuso que no cumple con la directiva europea y que no deberían pagar ni las empresas ni la Administración. El canon, según la Audiencia, es también una ley ilegal, que se aprobó con gravísimos defectos de forma, sin cumplir todos los trámites necesarios. Es una chapuza de principio a fin.
Pero más allá de lo que digan los tribunales, el canon injusto e ilegal es también el canon inútil: un fracaso que ha provocado más problemas que beneficios incluso para los propios creadores. No ha ayudado a la industria cultural a hacer esa transición hacia el futuro, sino que la ha complicado. Se ha convertido en la gran excusa popular para la piratería, en la justificación para las descargas. Es muy difícil explicar a los ciudadanos por qué hay que pagar a la SGAE por cada CD-R, aunque el artista allí grabado sea el niño en sus fotos de cumpleaños. Tampoco se entiende que cobren por cada DVD virgen y que después sea ilegal realizar esa copia privada de un DVD original, que vienen protegidos contra copia. ¿Es justo cobrar por un derecho que después no se puede ejercer? No, y tampoco es justo un impuesto privado: un dinero que se gestiona después de forma opaca y sin apenas control público.
Hay que ayudar a los creadores, claro que sí. Cualquier industria que sufra una reconversión tan dura se merece ayuda pública, como se hizo con el carbón. Pero habría sido estúpido que esa ayuda saliese de un canon a los trenes eléctricos. No se puede rescatar el pasado lastrando el futuro.
¡La que se ha montado! La periodista Alejandra Herránz, presentadora del Canal 24 Horas de TVE, cometió ayer un tonto error al referirse en antena a Alfredo Pérez Rubalcaba como “presidente” en vez de “vicepresidente”. Sería un simple gazapo más para cualquier programa de zappings de no tener una oposición como el PP, que aprovechó el chascarrillo para atacar, sin rubor alguno, a la mejor televisión pública de la historia de España. “Los españoles no se merecen un servicio público que manipule de forma tan descarada”, aseguró el portavoz del PP en la comisión de control de RTVE en el Congreso, Ramón Moreno. Según su análisis del gazapo, TVE “ha entrado de lleno en la carrera sucesoria del PSOE” donde se ve “la larga mano de Miguel Barroso y los ideólogos de La Sexta”, nada menos.
Sin embargo, no es la primera vez que un gazapo televisivo convierte en presidente del Gobierno a quien no lo es. Atentos a este error en un rótulo de hace unos meses. Curiosamente, el PP no vio entonces mano negra alguna.
No es el primer muerto de los últimos días por culpa de la guerra en Palestina. El miércoles de la semana pasada, soldados israelíes mataron a dos milicianos en Gaza. Hamás respondió el sábado con morteros de fabricación casera; dos israelíes sufrieron heridas leves. Ese mismo día, los soldados israelíes mataron a dos adolescentes palestinos que se encontraban cerca de la verja electrónica que rodea la franja de Gaza. El lunes, los bombardeos del ejército israelí dejaron 19 heridos. El martes, un tanque disparó contra una casa en Gaza junto a la que varios jóvenes jugaban un partido de fútbol en un descampado; murieron cuatro personas de una misma familia, incluido un niño de once años. Horas después, la aviación israelí bombardeó un barrio de Gaza, murieron cuatro milicianos palestinos. En la última semana, el marcador de la muerte va doce a uno.
Todos los muertos son iguales, aunque no todos sirven para que hable Obama. Todos dejan un vacío, una familia: una viuda, o un padre, o un hijo. Todos los muertos son iguales. Pero algunos más que otros.
El Tribunal Supremo ilegaliza Sortu. Es la primera vez que hay votos particulares en el Supremo con este tema. // Apariencia de legalidad en el Supremo, por Iñigo Sáenz de Ugarte.
La última vez que un escuadrón de cazas italianos sobrevoló Libia fue el 1 de septiembre de 2009. Ese día no tiraron bombas. Fue un vuelo de homenaje de las Frecce Tricolori: una patrulla acrobática de la fuerza aérea italiana que participó en los fastos por los 40 años de la dictadura del coronel Gadafi. Fue “una conmemoración histórica”, según uno de los allí presentes: el ministro de Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos.
Si el coronel decide huir de Trípoli y refugiarse en algún otro lugar, podría probar en Madrid. Ya tiene la llave de oro de la ciudad. Se la entregó Gallardón, en 2007, durante un emotivo acto en el que el alcalde elogió “los lazos históricos y culturales” que unen a ambos países. En ese mismo viaje, su primera visita oficial a España, también fue recibido por Zapatero y por el rey. Juan Carlos de Borbón incluso le permitió pasar revista a una compañía de la Guardia Real al tiempo que la banda de música interpretaba una marcha militar: “El viejo almirante”. La visita de Gadafi fue muy rentable para algunos. Las ventas de armas españolas para el ejército del dictador que hoy combatimos crecieron un 7.700 por ciento.
El rey devolvió el viaje oficial en 2009, acompañado, entre otros, por el verdadero jefe de la diplomacia española: el presidente de Repsol, Antonio Brufau. Zapatero repitió el homenaje hace menos de un año y se convirtió así en el segundo presidente del Gobierno español en pisar Libia. El primero fue Aznar, en 2003, y de aquella reunión quedó una bonita amistad, hoy olvidada. Aznar y Gadafi se volvieron a ver en 2007, en una cena privada en Sevilla. Probablemente, como en todas esas reuniones, hablaron del infinito respeto por los derechos humanos.
Este jueves, a las 19:30, mi padre y yo estaremos en la FNAC de Callao, en Madrid, presentando de nuestro libro, La nación inventada. Contra todo pronóstico en un libro de historia de Castilla, ya vamos por la quinta edición. Estáis todos invitados.
Ayer fue un día grande para la democracia española. 21 de marzo de 2011: por primera vez en lo que llevamos de año, Mariano Rajoy dio una rueda de prensa digna de tal nombre (¡viva la transparencia informativa!). Como las buenas noticias nunca vienen solas, ayer también desveló ese secreto para salir de la crisis que había olvidado por no entender su propia letra: “Hay que trabajar unas poquitas horas más o ganar un poquito menos”, dejó dicho en una entrevista de El Correo.
Sería una idea original si fuese nueva, pero hace ya mucho que aquí nos aplicamos ese cuento chino. Los horarios nacionales son de los más largos de Europa –muchos confunden trabajar más horas con trabajar mejor–, y el sueldo medio de los españoles está entre los más bajos de la UE 15. En España, un trabajador gana de media 21.500 euros al año: casi la mitad que un alemán, un inglés o un holandés.
Trabajar más por menos sería también una idea honesta si Rajoy predicase con el ejemplo, pero su sueldo supera los 200.000 euros anuales: tres veces el salario del presidente del Gobierno, diez veces el sueldo medio o 22 veces el salario mínimo. Tampoco parece Rajoy el más adecuado para dar lecciones sobre el sacrificio y el esfuerzo. La última prueba de su espíritu estajanovista es de hace unos días, cuando se confirmó su tradicional campaña en Canarias antes de Semana Santa. Rajoy pasará allí sus vacaciones. Y para poder enlazar diez días al sol, desde el fin de semana previo, se ha puesto en la agenda “unas poquitas horas más” el 18 y el 19 de abril: un par de mítines en las islas el lunes y el martes santo, que son laborales, como hace cada año. ¿Quién dijo que fuera imposible conciliar el placer con el trabajo?
En el mundo hay abiertos una treintena de conflictos armados y en todos ellos hay víctimas inocentes. Algunos, como Birmania, llevan sangrando más de medio siglo. Otros, como Darfur, hace tiempo que dejaron de salir en los periódicos; hace unos días murieron 17 personas en una escaramuza entre los rebeldes y el ejército de Sudán, y la noticia ni siquiera fue un breve. Por eso es inexacto decir que la comunidad internacional no se ha dado prisa en acordar su intervención en Libia. Al contrario: cuesta encontrar precedentes de una guerra amparada por la ONU con un consenso más rápido.
Obviamente, el aceite que engrasa el engranaje de nuestra exquisita diplomacia se llama petróleo. Hoy no habría bombardeos en Libia si este país, como tantos otros en África, sólo exportase desdichados inmigrantes. Sin embargo, este argumento es reversible. ¿Acaso los civiles que están siendo masacrados por las tropas de Gadafi se merecen el olvido internacional porque el país sea clave en el mapa energético? ¿Es justo que las potencias igualen a todas las víctimas a la baja, y que por ello apliquen a Libia el mismo desprecio que a otros lugares del planeta?
Pero más allá de estas preguntas, cuyas respuestas creo fáciles, mis dudas sobre esta guerra son otras. ¿Quién ocupará el lugar de Gadafi? ¿Será otro tirano “amigo” al que después permitiremos los mismos atropellos que tantas veces Occidente ha respaldado? ¿Quiénes son esos líderes “rebeldes” a los que Francia ya reconoce como Gobierno legítimo? ¿Por qué Libia y no Bahrein? ¿De verdad será efectiva la intervención armada o sólo provocará más sangre? Y mi principal pregunta: ¿cuál es la alternativa a no hacer nada?