Mar 08 2008
“Nada más. Que lo quiero”
Es difícil escuchar las palabras de Sandra Carrasco, la hija mayor de Isaías, sin que algo tiemble. “Estoy muy orgullosa de mi padre. Y sólo puedo decir que han sido unos hijos de puta. Nada más”. Y Sandra, la joven de 19 años que ayer intentó reanimar a su padre, que le vio agonizar ensangrentado en la puerta de su casa, se queda en silencio mientras se hace la valiente y aguanta las lágrimas frente a los micrófonos de los periodistas. Y termina su discurso. “Que lo quiero”.
Extremadura, tres: Cáceres, Badajoz y San Andrés. Así es la broma despectiva con la que algunos en Mondragón se refieren al barrio donde vive esta familia, hoy rota. San Andrés es un barrio obrero, de inmigrantes de la España pobre del franquismo. El padre de Isaías Carrasco, el abuelo de Sandra, era uno de ellos. Había nacido en Morales de Toro, en Zamora, y se fue al País Vasco en busca de trabajo, de un futuro. Sandra nació allí, y se nota. Si se hubiese criado en Zamora, probablemente no habría dicho “que lo quiero” sino “que le quiero”. Sandra es vasca hasta para eso, por mucho que su familia, para algunos, siga siendo una familia de maketos.
“Es un pueblo muy jodido, hay que ser muy valiente para meterse en política allí sin ser nacionalista”, me cuenta por teléfono un presidente autonómico mientras regresa del funeral de Isaías. “Todo estaba lleno de pancartas sobre los presos de ETA, las persianas de muchas de las casas estaban bajadas, se notaba el miedo”. En los balcones del Ayuntamiento, mientras el féretro entraba en la iglesia, varios francotiradores de la policía vigilaban para que hoy no hubiese otra víctima que llorar. Hasta ayer, en ese mismo balcón municipal donde gobernaba ANV con el respaldo de IU-Ezker Batua, colgaba una pancarta de apoyo a los presos. “Muy jodido”.
Sandra Carrasco pide a la gente que vote y otra cosa más: “Que el asesinato de mi padre no sea manipulado por nadie. No lo voy a tolerar”. Ojalá sea así, pero no tengo mucha esperanza en ello. Si el PSOE gana mañana las elecciones, habrá miserables que resten legitimidad democrática al resultado del mismo modo en el que ya lo hicieron en marzo de 2004.
Sandra tiene 19 años. En unas semanas volverá a ser una joven anónima. Tal vez siga viviendo en Mondragón, en San Andrés. En la misma casa frente a la que vio agonizar a su padre.


