Ago 21 2008
La frontera entre información y sensacionalismo
“Si la talla moral de las personas se demuestra en los grandes dramas, la de los medios de comunicación se demuestra en las grandes tragedias”, escribe Mi mesa cojea sobre la cobertura informativa del accidente, especialmente las televisiones. Estoy de acuerdo, aunque sólo en parte. Es verdad que hay errores y abusos, es cierto que las imágenes de periodistas persiguiendo a los familiares de los muertos son vergonzosas, que por encima de la información irrelevante, del detalle escabroso, está siempre la dignidad de las personas. Pero tengo la sensación de que hay una hiperreacción de la sociedad ante la prensa que nos puede llevar a otro extremo tan o más peligroso que el amarillismo sanguinolento: ese mundo donde la muerte de 153 personas es una simple cifra, una estadística. Ese mundo donde las únicas imágenes de una guerra son soldados repartiendo caramelos.
En España, el 11-M de 2004 supuso un antes y un después en muchas cosas, también en la información. La pornográfica exposición en la televisión y en los diarios de la carnicería del atentado provocó tal sobredosis en los lectores y telespectadores que el umbral de tolerancia ha bajado hasta un punto en el que el más mínimo detalle ofende mucho más que antes. Y luego está la cercanía, claro. Repaso hoy las páginas de los diarios y no encuentro en ninguna de ellas ni la mitad de la mitad de sangre de la que sale un día normalito en la sección de información internacional de cualquier diario. Sin embargo, basta leer los comentarios en blogs, en Menéame, en los foros de cualquier diario digital para detectar que la sensación generalizada es que todos los medios, todos sin excepción, nos hemos excedido en nuestra cobertura del accidente.
Ayer no fue un día normal en ninguna redacción y supongo que los periodistas tendemos a diseccionar la realidad y el dolor con la misma distancia con la que un forense se enfrenta a una autopsia. Y eso insensibiliza, pues es la única manera de soportar el horror diario. Les pasa aún más a los corresponsales de guerra, a los fotógrafos que se enfrentan a estos dramas. Es humano. Jon Barandica, el ahora redactor jefe de fotografía de Público, recuerda hoy muy bien aquel día, hace más 20 años, en el que le tocó cubrir otro terrible accidente aéreo, el del avión que se estrelló contra el monte Oiz en Bilbao y dejó 148 muertos. Aquella vez no hubo ningún superviviente. “Fue horrible, tuve pesadillas durante meses. Olía a queroseno y carne quemada. Vi cuerpos troceados, reventados, cabezas, piernas colgando de un árbol. Sólo podía mirar a través del objetivo de la cámara, era la única manera de coger algo de distancia ante las imágenes que tenía delante de mis ojos”.
En las páginas que hoy hemos dedicado en Público al accidente no hay cabezas cortadas, ni piernas colgando de un árbol, ni cadáveres chamuscados. Sin embargo, la reacción de algunos lectores es igual de indignada. ¿Cuál es la solución? ¿Debemos ignorar los diarios cualquier imagen, por poco escabrosa que sea, en la que se vea un herido? ¿Cualquier imagen que pueda recordar la magnitud de la tragedia? ¿Cualquier imagen que duela? ¿Cualquier detalle que duela? ¿Podemos informar los periodistas del dolor, por supuesto con respeto a la intimidad y a a la dignidad de las víctimas, o es mejor hacer como que no existe, como que no ha pasado? No son preguntas retóricas. De verdad que no lo tengo claro.


